Hay momentos en un viaje en los que uno se da cuenta de que cambió de ciudad sin necesidad de mirar un cartel. Alcanza con “parar la oreja” y dejarse llevar.

Después de casi dos semanas en Kansas City, en donde el inglés marcaba el ritmo de cada conversación, bastó caminar unas pocas cuadras por Miami para sentir que el Mundial había entrado en otra etapa. Acá volvió a escucharse el español

Diario de viaje: hasta luego, Kansas City la ciudad que terminó siendo nuestra casa en el Mundial

En el aeropuerto, en el Uber, en la recepción del hotel, en un restaurante y en cada una de las calles; y ese no es un detalle menor. Después de varios días pidiendo un café en inglés, preguntando una dirección o intentando entender conversaciones ajenas, volver a escuchar el idioma de todos los días produce una sensación difícil de explicar. No es estar más cerca de casa; más bien es sentir que, por un rato, la distancia pesa un poco menos.

Diario de viaje: un peluquero, el “Piojo” López y Kansas City retomando el modo Mundial

La llegada a Miami no fue la más cómoda. La noche anterior terminó cerca de las dos de la madrugada, después de la cobertura del triunfo de Argentina sobre Jordania. Entre el cierre de las notas, las últimas fotos y las obligaciones de cualquier postpartido, apenas hubo tiempo para volver al hotel, darse una ducha, cerrar las valijas y salir otra vez.

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A las 7.30 de la mañana despegaba el vuelo rumbo a Miami. Dormimos lo que pudimos porque en un Mundial los días no terminan: simplemente cambian de escenario; y esta vez el escenario cambió por completo.

Kansas City fue tranquilidad; calles amplias, tránsito ordenado, pocas personas caminando y una ciudad que recién empezó a vestirse de Mundial con el paso de los días. En cambio Miami pinta otra cosa.

Hay más movimiento, más ruido, más gente y más camisetas. El fútbol aparece en las conversaciones, en los bares, en las playas y en las esquinas. Basta caminar unos minutos para cruzarse con argentinos, brasileños, colombianos, mexicanos o estadounidenses con la camiseta de su selección; y da la sensación de que el Mundial dejó de concentrarse en los estadios para empezar a respirarse también en la calle.

Además hay otro detalle que, después de varias semanas de cobertura, termina teniendo un valor inesperado: la comida.

Puede parecer un asunto menor, pero no lo es cuando llevás tantos días viajando. En Miami volvieron a aparecer los restaurantes latinos, los sabores conocidos y esos platos que ya no necesitan traducción. Después de tantos almuerzos resolviendo qué pedir o incluso adivinando ingredientes, volver a leer a sentir el sabor de una costilla asada se siente como una pequeña victoria.

Cada ciudad que recibe al Mundial tiene una personalidad distinta. Kansas City fue el lugar en el que la Selección construyó su rutina, en la que aprendimos los caminos hacia el entrenamiento, los tiempos del centro de prensa y los silencios de una ciudad que nos terminó sorprendiendo por sus pequeñas costumbres.

Miami, en cambio, transmite otra energía. Acá todo parece moverse un poco más rápido. Hay más gente, más idiomas, más culturas y mucho más fútbol dando vueltas.

Todavía falta descubrir muchas cosas de esta ciudad, recién empieza una nueva etapa del viaje. Pero en apenas un día ya quedó claro que el Mundial también cambia cuando cambia el lugar desde donde se lo cuenta. Y mientras Argentina empieza a preparar el partido que marcará el inicio de los mata-mata, nosotros también comenzamos otra rutina.

En otro hotel, en otras calles, en otro paisaje; pero con una sensación que hacía varios días no aparecía. La de caminar por una ciudad en la que el español volvió a sonar como en casa.